Archivos Mensuales: abril 2015

Cosas de casa.

Nos hemos acostumbrado a escuchar, en el panorama político actual, que los casos de corrupción vienen de manzanas podridas, de gente que sale rana, como si nadie se lo esperaba.

Los casos que aparecen en los medios siempre se analizan (por llamarlo de alguna manera) de manera aislada. Y al igual que cuando Emilio Botín falleció y parecía que había sido él sólo el responsable de la expansión y auge de su negocio familiar, ahora parece que Rodrigo Rato es un señor de éxito que apareció de la nada y que ahora ha caído en desgracia.

Hay un libro excelente que analiza cómo las familias cercanas al régimen franquista se hicieron de oro cuando los militares alzados contra la república ganaron la Guerra Civil y se conformó la dictadura. Dos de esas familias cercanas al régimen, que vivieron y se enriquecieron gracias a esa colaboración. Una es la familia Aznar y su naviera, el padre y el abuelo de José María Aznar, quien siempre llevó de su mano a Rodrigo Rato. Escuchaba hace poco unas declaraciones del expresidente donde decía que Rato y él habían sido amigos desde pequeños. Claro.

Rodrigo Rato, hoy en la palestra por sus devaneos con la Hacienda pública (entre otras cosas, no hay que olvidar que aquí hay varias causas abiertas), podría seguir los pasos de su padre, que también acabó con sus huesos entre rejas por problemas con la Hacienda pública.

Os dejo un pequeño fragmento del libro ” Ricos por la guerra en España” de Mariano Sánchez Soler:

 

En sus trapisondas industriales, Nicolás [Franco Bahamonde] contactó con el empresario Ramón de Rato Rodríguez de San Pedro, padre de Rodrigo Rato, heredero de una importante fortuna personal consolidada tras su boda con una hija de los poderosísimos Figaredo, de Gijón, y amasada por su abuelo, Faustino Rodríguez de San Pedro, alcalde de Madrid en 1890 y ministro con Antonio Maura en 1903.

Como el hombre de acción que era y como franquista con devaneos nacional-socialistas en las décadas de los treinta y cuarenta, Ramón de Rato cometió el error de querer cobrar una deuda de 4 800 000 pesetas a Nicolás Franco. A fin de cuentas, ambos tenían en común su alan negociante, se las habían visto varias veces en los juzgados saliendo siempre indemnes y, durante la Guerra Civil, habían actuado desde la comodidad de los cuarteles mayores.

Rato formó parte del equipo de propaganda franquista creado en Salamanca por Serrano Suñer, lo que le valió participar en la fundación de Radio Nacional de España y colaborar en la reactivación de la Cadena Ser con el abuelo del anterior presidente del Gobierno, Manuel Aznar Zubigaray, periodista curtido que puso su pluma y su inteligencia al servicio del Dictador. En 1941, alejado de la política, Ramón de Rato se dedicó a los negocios y adquirió Radio Toledo, emisora a partir de la cual creó la Cadena Rato, uno de los más importantes grupos privados de radiodifusión en España, que acabó teniendo 66 emisoras cuando fue vendida, en 1990, a la ONCE por 5000 millones de pesetas y dio lugar a la actual Onda Cero.

La colisión entre ambos patriotas se produjo en 1966, cuando Ramón de Rato reclamó ante los tribunales el préstamo concedido a Nicolás Franco Bahamonde por el Banco Siero, presidido por él, y cuyas letras le habían sido protestadas. Cansado de insistir, solicitó el procesamiento del hermano del Dictador. Sin saberlo, había abierto una caja de los truenos que alcanzó incluso al consejo de Ministros, controlado por los tecnócratas del Opus Dei. En este trance, la Rumasa de José María Ruiz Mateos, en una estrategia de expansión bancaria diseñada por el cerebro financiero de la Obra, Pablo Bofill de Quadras, aprovechó para comprar el banco, a un precio fijado por el Ministerio. Acusado de evasión de capitales a Suiza, Ramón de Rato fue encarcelado. Según él, se trataba de una venganza urdida por Nicolás.

Algo de razón debía de tener, porque zafarse del fisco y traficar con divisas en aquella época, eran actividades financieras casi cotidianas. Convencido de su equivocación, Rato envió al hermano del Dictador las letras impagadas, acompañadas por una carta en la que le pedía excusas y le indicaba, amablemente, que pagara las letras cuándo y cómo quisiera. La respuesta de Nicolás fue demoledora: «Al hermano del Caudillo de España no se le molesta por cuatro millones ochocientas mil miserables pesetas», dijo.

 

No me obliguen a ver cofradías.

Esta Madrugá (la noche que pasa entre el Jueves Santo y el Viernes Santo, para los que no estéis familiarizados con el asunto) ha habido altercados, que si una pelea que produce estampida, que si bullas más agobiantes de la cuenta, etc. Hasta aquí todo normal, tras muchos años trabajando “in situ” en diversos puntos de la Semana Santa sevillana, lo volveré a repetir: “yo no se como no pasa nada”.

 

Pero no es el caso de hablar de qué o qué no ocurrió, lo que me hace atreverme a escribir estas líneas en el blog son las reacciones a esos incidentes que no llegaron a más. Leo diversos artículos sobre el tema en todos los diarios locales, veo publicaciones en Facebook criticando aquí y allí, pero no he visto que nadie planteara la posibilidad de que el problema no sea culpa “de otros”.

 

Resumo un poco lo leído: la Semana Santa es algo muy valioso y muy sagrado, en el que unos irresponsables (jóvenes) van a hacer botellón y a deslucir la fiesta, siendo esto un elemento representativo de la pérdida de valores de la sociedad posmoderna que está acabando con la tradición y hay que hacer algo contra eso.

Eso en lo referente a la supuesta pelea que propició unas estampidas. La juventud sólo hace repetir lo de sus mayores. Lo repite, y lo hace suyo, lo modifica y lo adapta, pero siempre lo repite. Y es que no es nada nuevo el hecho de que en Semana Santa la gente salga a emborracharse, y a drogarse. Es algo habitual ver a costaleros fuera de turno recuperar fuerzas a base de combinados (aunque se niegue la mayor), por poner un ejemplo de dentro, y, por supuesto, es tradición beber alcohol como algo inherente a cualquier disposición social en esta ciudad (extensible a provincia, región, CCAA, y país).

Entonces, si aquí cualquier tipo de celebración la bañamos en alcohol, ¿porqué aparece la crítica a los jóvenes que han perdido los valores entre la posmodernidad y el teléfono móvil como elemento que va a redireccionar la Semana Santa en un rito pagano? Porque es la crítica fácil. Son unos chavales borrachos y con ganas de dar por culo.
Miren, esta misma Madrugá (en la que llevé a ver cofradías a un amigo que venía de fuera), un señor mayor increpaba de manera muy amenazante a un chico joven por supuestamente “decir tonterías de mi cristo”, con una violencia verbal y gestual impresionante, digna del típico joven de botellón con los valores perdidos en un vaso de tubo.

 

Y es que es muy fácil dar una semana de vacaciones a jóvenes supra hormonados y con los valores perdidos y pretender que se queden en su casa. La hegemonía cultural que ejerce en esta ciudad la Semana Santa hace que no haya absolutamente ninguna alternativa de ocio durante una semana entera de vacaciones para los perdidos posmodernos. Sólo les queda ir de cofradías o irse de la ciudad, algo que no está al alcance de muchos. Entonces, se quedan, y resulta que además, el Jueves se vende como que “Sevilla debe estar en la calle”, “la noche grande”, etc. Pues qué hacen los chavales, imitan, imitan tanto que, al reflejo de sus mayores, se beben sus cubatitas. Y es que no hay nada peor que un cubatita en una fiesta sagrada. O no, espera, no hay nada peor que un cubatita “si no es como Dios manda”, es decir, en su bar, al doble de precio de lo habitual, para que los jóvenes aprendan cómo funciona esto. Pues no, los chavales imitan, e imitan dentro de sus posibilidades, imitan, como hemos imitado todos los jóvenes del mundo a nuestros mayores porque en eso consiste vivir en sociedad.

 

Si no se imitara, de qué le iba a dar el mismo sentimiento, exactamente el mismo sentimiento a miles de personas,  su cachorro por el postigo, su triana en Santa Ana, su Paz por el parque, o su Macarena entrando a Feria. El mismo, sea cual sea la hermandad, la marcha, el lugar o el color. Se siente lo mismo porque se repite consuetudinariamente, tanto, que se hace ley, eso es lo que tiene que pasar. Y como vivimos con una hegemonía total de la Semana Santa sobre cualquier otra cosa, la crítica se aplasta, y como se aplasta, pues los que decimos estas cosas estamos callados, porque ofender “los sentimientos” es algo muy malo, y aunque ni tú hayas ofendido ni el otro haya sentido, pues se acaba la conversación.

 

“Los chavales salen de botellón en La Madrugá porque no hay otra puta mierda que hacer en toda la Semana Santa, seas creyente, ateo, fervoroso, de crucificados o de misterios”, parafraseando a Esperanza Aguirre, repita conmigo señor sevillano (lease en tono lento, como silabeando): “Los chavales salen de botellón en La Madrugá porque no hay otra puta mierda que hacer en toda la Semana Santa, seas creyente, ateo, fervoroso, de crucificados o de misterios”.

 

Y claro, después nos echamos las manos a la cabeza porque en la calle Cuna (aforo limitado por volumen de la calle) hubiera setentaytres millones de personas humanas entre nazarenos, costaleros, virgen, banda y público. Ya me dirás, si es la noche grande de la ciudad, quién se la va a querer perder. Ya es hora de que la Semana Santa se plantee como lo que es, parte de la fiesta de la primavera de la Ciudad de Sevilla.

 

Qué quiero decir con esto, que está muy bien, que nadie quiere borrar la Semana Santa del mapa (al menos yo), que es una cosa curiosa, que además atrae turismo (que parece que es el único flujo motor de la ciudad), que blablabla. Que es una fiesta religiosa que los puristas quieren seria y que la masa adapta a sus necesidades. Si los puristas quieren una semana santa medianamente ordenada, donde no haya incidentes, donde la gente se “comporte bien”, permitan que a las cofradías vayan sólo los que les gustan las cofradías (que son muchos, muchísimos, una aplastante mayoría), pero dejen escapar a los que no.

La ciudad es demasiado grande, están las riberas del río, la Cartuja, los parques urbanos. Señores, permitan que a los que no nos gusta lo cofrade podamos disfrutar de nuestras vacaciones y de nuestra ciudad, sin tener que escapar corriendo a la playa o sin tener que quedar recluido en casa por la imposibilidad de organizar un plan de ocio viable.

Señores y señoras que regís los designios de la ciudad. Dejad de obligarnos a ver cofradías.

Gracias.