Muchas gracias Eduardo.

EN los momentos oscuros, en esas etapas en las que a uno le cuesta el mismo mundo incluso levantarse de la cama, sacar una sonrisa es una de las tareas más arduas a las que uno se enfrenta. 5 días después de la última entrada en este blog me dieron la peor noticia de mi vida. Mi madre había fallecido. Fue de repente, no nos dio tiempo a pensar en eso, y nos ha dejado muy muy muy solos.. Porque mi madre no era una madre más. mi madre ocupaba porcentajes altísimos en la vida de todos y cada uno de nosotros, y es por ello que su falta nos está costando mucho, demasiado, asimilarla.

Desde ese 30 de Enero, hasta hoy sólo han pasado 84 días. Uno, que es muy suyo, decidió pasar el mal trago con una sonrisa para todos y mucho dolor en el interior. Me ha costado, y me sigue costando, demasiado, no sólo el organizarme el día a día (que es bastante ajetreado normalmente), también me cuesta la mismísima vida concentrarme en algo. Si me conocéis o sois lectores habituales de este sitio, sabréis mi afición por los libros.

La lectura ha sido para mi un rescate. Evadirse un rato con historias ajenas, hacer tuya la vida d otro, y otras muchas cosas que ahora mismo no tengo ganas de poner porque no quiero hacer de esto un alegato a lo bonito de vivir en tu mente otras historias. -desde que mi madre falleció, han sido varios los libros que he tenido entre mis manos. Firmin me convirtió en un roedor de libros, literal y metafórico; Nada, que era una relectura, me hizo ahondar en mi pesimismo hacia tod lo humano y mi creciente misantropía; Tombuctú lo leí con un ojo puesto en Astra, en su lealtad, y en su infatigable cariño hacia cada uno de nosotros; Santuario volvió a hacerme despreciar a todo el género humano;  El contrabajo resultó ser una pasion descontrolada; Requiem por un campesino español me distrajo un buen rato hasta que enchufé la radio y escuché las noticias; Historia universal de la infamia me hizo recordar  lo innato de la maldad…

Como podéis apreciar, de todos estos libros saqué unas conclusiones que no hacían más que ahondar en una aversión al ser humano que lleva creciendo en mi mucho tiempo. Esto no quiere decir que yo sea un ser asocial ni mucho menos, es más, toda esta aversión me hace luchar con muchísima más fuerza por una de las más grandes cosas que aprendí nunca de mi madre, intentar ser, siempre, y sin excepciones, una buena persona.

Sin embargo, leí una noticia, una noticia inesperada para mí porque la desconocía, volvía el “detective loco”. Eduardo Mendoza actualizaba a uno de sus mejores personajes a nuestro tiempo, y se prometían muy felices las andanzas de este ser. Yo, que no soy muy del fenómeno fan, debo admitir que con Eduardo Mendoza y con Murakami pierdo el culo, y voy corriendo a comprar sus cosas tal como salen. Así fue, corrí a Amazon y compré para mi Kindle El enredo de la bolsa y la vida

Me ha durado muy poco, demasiado poco quizá. Pero me ha hecho muy feliz. Y por esto estoy escribiendo este texto tan largo sin pies ni cabeza, porque necesitaba desde algún lugar dar las gracias a Eduardo Mendoza. Los días que me ha durado la lectura de la obra han sido, probablemente, los más agradables en os que va de año. La risa ha vuelto a mi interior con una fuerza colosal. Y, sin ser de lo mejor que he leído de Eduardo, me he reído una barbaridad. El loco ( a ver si le conseguimos un nombre, Eduardo) es una de las más grandes personalidades de la literatura española. Su forma de ser, su abnegación, su cariño por todo, su sexualidad incontrolada, su capacidad de seguir adelante a pesar de las circunstancias. Sólo puedo declarar mi más absoluto amor literario hacia él.

Eduardo consigue lo que muy pocos, que te rías, a carcajada limpia, leendo un libro. Consigue que puedas pasar vergüenza en un autobús de línea por reír sin compañía. Pero claro, lo que no saben los demás es que  no ríes sin compañía. El detective me lleva acompañando a mi desde que era un adolescente. Porque a mi ya me contó como encontraron el pasadizo a una cripta embrujada, y también, hace bastantes años, me relató sus andanzas en el laberinto de las aceitunas, y, quien me iba a decir a mi, a mis 18 años, que me divertiría como un enano con un tocador de señoras. Pues así fue, y ahora, con mis 27 años, y, probablemente, en el peor estado emocional y personal de todos los que he vivido, aparezca este señor con bigote, que se llama Eduardo, a endulzarme, al menos por unos días, la existencia, con la vuelta a trás, a mi adolescencia, a mi amor por los libros de aventuras (o de desventuras), a la parodia de la investigación, al amor por el humor.

Muchas gracias, Eduardo, por haberme estabilizado, aunque sólo fuera tres  días. Por haberme hecho reír cuando más lo necesitaba, por haberme devuelto a mi adolescencia, por haber recordado cómo le contaba a mi madre lo absurdo de este personaje cuando me preguntaba de qué me reía, sentados en el sofá, tras llegar del instituto, y el detective me contaba sus andanzas.

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Publicado el 23 abril, 2012 en Uncategorized y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Un abrazo.
    Te quiero “una jartá”.

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